martes, 3 de enero de 2017

living la noche porteña

Cuando me encomendaron la tarea de este blog, mi primera idea fue "el panorama nocturno porteño", algo así como describir la oferta de locales, pubs&antros que ofrece el puerto, desde adentro, con lujo y detalle de un periodismo gonzo de calidad en manos de una aprendiz sacrificada por el oficio jajaja. Luego de meditar bien mi opción, y conocer-me, visualicé a una estudiante perdida en las garras nocturas del Pancho querido, como decía nuestro amigo personal, de Rokha. Y es que, desde que me fui a vivir sola, mis hábitos nocturnos cambiaron. A esto, hay que sumarle el hecho de que a los dos meses de mi semi- independencia, mi universidat se fue a paro por dos meses. Ay señor Jesu! 


Debo aclarar,  mis costumbres vespertinas no son cosa nueva, y tampoco fue un descubrimiento desde que abandoné el nido familiar. Cuando salí del colegio, y empecé a fumar pitos con mayor tranquilidad (lo hice a escondidas como desde los 15, y no sé porqué, hueona. Mi papá siempre fumó abiertamente y tenía sus plantitas en el patio), dejé fluir mis capacidades sociales e hice amistades solo por el hecho de fumar marihuana. Después, con esa misma gente, ya no solo nos juntábamos a volar, también compartíamos un vino y discutíamos el complicado panorama social que enfrentaba Chile en ese entonces y cuanto debate pesudointelectual de mechón (era el 2011).

Conocí mucha gente y descubrí que, entremedio de caños&alcohol, mi intelecto y capacidad crítica se formaban a través de esas pláticas. Empecé a odiar la u. Me decepcionó que no fuera ese locus amoenus romántico, del tipo renacimiento barroco. Que no existiera ese café -o espacio-, frecuentado por los Tzara o Huidobro de mi generación. Llegué a un punto que ir a clases me llenaba de frustración y lloraba. La institución universitaria se tornó un espacio lúgubre y vacío. Era solo una empresa más que mercantiliza el conocimiento, y reproduce saberes. Sin embargo, debo ser sincera. Hubo otros factores. La primera vez que ingresé a la universidarks, fue a la Andrés Bello. Carrera: sociología. Qué hueá más terrible. ¿Me arrepiento? no. No hay que arrepentirse de nada en esta vitta jiji. Pero mi paso por esa clínica universidad, y una carrera tan densa y cuadrada como socio, son otra historia. 

La hueá es que me retiré -o dejé de ir- en la mitad del segundo semestre y me dediqué a puro webiar. Sí, tal cual. Tome por primera vez LSD, mezclé pastillas con alcohol, probé el absenta, los paraguas y cuánta cosa que mis mamá no tiene idea (mentira, hubo cosas que probé después y mi mamá tampoco sabe). Pero asumo con orgullo que nunca fue por moda -tal vez sí, pero nunca forzada-, siempre con ganas de experimentar en primer persona, conocer y conocerme en otras dimensiones. Algo así como un comprometido trabajo de campo en el estudio antropológico de mí misma. Hasta que me enfermé en 2012, me encontraron cálculos en la vesícula. Sí, mi viaje interespacial duró poco. Tuve que dejar de tomar y cambiar todos mis hábitos alimenticios, pero esa es otra laarga historia. En el entretanto, tuve la brillante (ironía) idea de estudiar periodismo, ingresé a la Upla, me puse a trabajar, etecé. La vida vespertina se había terminando para este roedor relator.





Sin embargo, pasado dos años, a finales del 2014, terminé con un pololo de esos años y aburrida de mi apacible vida, renuncié a la pega (trabajaba los fines de semana, todos), y me puse de las lanzadas. Volví a tomar, volví a salir. Me eché algunos ramos, pero lo comido y lo bailado no me quita nadieN. Probé otras drogas y conocí más gente. Algunas que rescato, recuerdo y si me la encuentro por ahí, la saludo con cariño por lo compartido. También a personas detestables, estancadas en el vicio, reiterativas, que se creen el hoyo del queque por estar en el jet set nocturno porteño, y no se dan cuenta que, queriendo escapar del mainstream, su vida es rutinaria y vacía, como la pega de ocho a seis en la oficina. En fin, vivir sola potenció los vicios que llevo en el ADN. 

Ya instalada en el nuevo hogar y sin clases, conocí a un grupo de cabros que eran los embajadores nocturnos del puerto, y con ellos empecé a salir todos los fines de semana. Cuando pasó el tiempo y se estrecharon lazos, se empezaron a quedar en mi casa, bajábamos a bacilar (vivo en un cerro, como el ochenta porciento de la población porteña) en la semana y entrábamos a todos los locales gratis, porque en todos conocían a alguien que nos daba la mano para no pagar. El círculo social aumentó, los vicios llovían y ahogábamos las penas de generación perdida e incomprendida, entre bailes y amaneceres en terrazas, subterráneos y azoteas clandestinas.








Pero como fácil llega, fácil se va. Y pasado el tiempo, me aburrí. Como Valpo es chico, creo que conozco todos los locales que ofrece el panorama nocturno y no me doy color. Salir se volvió repetido, la misma música, los mismos hueones haciendo lo mismo de siempre. Y es que no hay algo que deteste y evada más que la rutina. Los vicios me pakearon, los bajones ya no eran de hambre, sino crisis existenciales e infinitos loops de culpabilidad. Caña moral. Así que decidí retirarme de las pistas. Y me propuse terminar lo que alguna vez empecé: la carrera. 

Para terminar esta idea que no sé dónde parte y termina: no seamos cartuchos, la vida es una sola y hay que probarlo todo, y si se me da la oportunidad, creo que probaría hasta la pasta base. Hay drogas lícitas que son mucho más esclavizantes que las sustancias ílicitas, como la gente que pasa todo el día pegada al televisor, los fanáticos de la comida rápida&bebidas, los fármacos, y cuánta mierda que ofrece el capital. Pero ante todo hay que tener conciencia de uno mismo, y conocer nuestros propios límites. Bacila el bacile, pero que el bacile no te bacile. Cualquiera sea este. 

P.D. Mamá, si lees esto tranquila, aún no pruebo la pasta base. Prefiero gastarme la plata en ropa. Te amo. 



domingo, 18 de diciembre de 2016

del colegio y mí aprendizaje

Siempre odié el colegio. Nunca fui revoltosa, ni de malas notas, tampoco hice la cimarra. Y es que mi mamá nunca me obligó a ir. Cuando no tenía ganas, podía quedarme en la casa o hacer la hueá que quisiera. A veces mi mamá me decía "no vayas, quédate conmigo". Por tanto, no me enfrenté a dichos rituales escolares. Aunque, debo confesar que todos los años me amenazaban "vas a repetir por inasistencia". Nunca repetí, ni por asistencia ni por notas. Salí con 17 del colegio. De hecho, todos los años sacaba algún lugar, casi siempre el segundo. Tampoco tenía más de 3 anotaciones negativas, solo por ir con "salida de cancha". Y cuando me webiaban mucho por el buzo - que era taaan cómodo-, acusaba al inspector con mi mamá. Por supuesto: ella iba a hablar con quien fuera necesario para conseguir el permiso infinito de ir como quisiera a esa cárcel llamada colegio.



Para ser sincera, si me leo, pienso que mi paso por dicha institución no fue ni tan cuática, menos traumática. Pero sí, lo fue. Me parecía tan monótono, tan estructurado, predeterminado en todas sus dimensiones. Cabe mencionar que estuve en 10 colegios. Y conocí a un montón de gente. Estuve en colegios privados, públicos y semi subvencionados. Y en todos, TODOS, conocí gente pelotuda. Igual ese tipo de indivudues, solían repetirse con frecuencia en las esferas con mayor acceso económico. Triste. Porque igual conocí gente pulenta (en esos colegios que no eran cuicos), personas con cachá de capacidades que, quizá con otro porvenir, sus vidas serían muy distintas. Con otro tipo de oportunidades y horizontes. Pero situaciones de ese tipo me hicieron click más grande.

No todo fue color de rozas, cuando chica iba a un colegio donde no tenía amigos por ser rubia (en los primeros años de la infancia era muuy rubia) y si pedía una goma prestada, esas pa borrar, me decían "dile a tu papá que te compre una, que venda su camioneta", (Porque sí, mi papá tenía una camioneta grande y bonita. Era una Toyota azul marino, que me encantaba porque podíamos llevar a la Guga, mi primera hermana canina, una rottweiler más dulce que la Nutella, bella, noble, única. Crecimos juntas, yo tenía como 6 años cuando ella llegó de dos meses, y partió 7 días de que yo cumpliera 21. Pero esas heridas de la vitta son harina de otro costal). Entonces, igual la pasé mal, y odié por muchos años a mis viejos por mi inestable infancia. Siempre soñé vivir en el mismo lugar, ser amica de mis vecinos, y no abandonar a los pocos que me había hecho en el colegio.

Pero mis papás eran jóvenes e inmaduros. Se separaron dos veces, la primera separación duró 6 meses, la segunda: 5 años. Por eso, cuando a mi mamá le daba la tontera partíamos a donde mis abuelos, o a vivir cerca de mí tía, su hermana. E igual la entiendo, mi papá hasta hace pocos años tomó las riendas de su vida, porque antes era lanzao, de esos que desaparecían días solo por carretear. También lo odié muchos años por su irresponsabilidad, pero ahora que disfruto de mi libertad y semiadultez y conocí la vida vespertina, entendí que "lo que se hereda, no se hurta" y ser padre con menos de 30 es toda una hazaña que no quiero experimentar. Y al final -para volver a lo que me convocó:el colegio y sus mierdas-, sumando y restando, me doy cuenta que la única hueá que aprendí en el colegio fue lo que me dejaron las personas.

Gracias a los pasteles de padres que me tocaron (y que amo mucho, a pesar de todo) debo aceptar que no aprendí tanto en las aulas-delsaber, sobretodo en matemáticas u_u. Que mi sentido de la responsabilidad vale caquita seca entre el ejemplo paterno, y las libertades maternas. Pero que aprendí mucho más que las tablas de multiplicar. Salí de mi burbuja, me cargó quienes podrían haber sido mis juntas de quedarme en un solo lugar o haber estudiado desde pre-kinder en las Monjas Francesas de Viña (y haber egresado de ahí). Conocí una amalgama de espíritus, libres, llenos de historias y tristezas. Pude ser capaz de decidir con quién estar y no que miclasesocioeconómica diga a quienes habituar (he visto tanto de eso en mi vida). Que muchas veces alguien que hable bonito, no es tan lindo como persona, y a ese que tildan de flyte, tiene mucho que enseñarnos. Por eso gracias a la vittaloca y su devenir, me siento tranquila e integra -a pesar de ser un desastre-, y me convertí en un roedor dulce para escabullirme desde la jai socayeti (yiiaa), a la cancha de cerro pa comprar un paragua jiji ji.




domingo, 20 de noviembre de 2016

maldita adultez!

Llevo semanas en un loop de inquietudes e inseguridades. A principios de mí semestre académico, y con esto mortales, me refiero a septiembre, me encomendaron la tarea de escribir un blog. En un primer momento me pareció bacán, qué bueno salir de las clásicas y muy aburridas tareas del periodismo periodístico, pensé. Pero al pasar las semanas, no fue tan cachilupi mi panorama. ¿Sobre qué escribo?, ¿qué plataforma uso?, ¿cómo la decoro?. Y así, un sin fin de preguntas que me dejaron perpleja e inoperante. De esta forma me enfrenté a miedos pasados de la época adolescente escolar. 

Nunca he querido aceptarlo, pero no tengo claridad sobre mis talentos. Dudo mucho que mi vocación esté en trabajar en un medio, o tenga siquiera relación con lo que llevo años estudiando, pero algo hay que hacer por la vida. Siempre he sido testigo de la pasión que todos tienen por algún oficio o profesión, menos yo. Arte, fotografía, teatro, deportes, danza, y yo ahí, nadando de un lado a otro cantando "que sí, que no, que nunca te decides...". Eso no quita que haya muchas áreas que despiertan mi interés, pero llega un punto en que se apaga la llamarada de atención. Y es que me gusta escribir, pero me cuesta cumplir los estándares de producción impuestos para ser exitoso, encontrar un buen trabajo -o en este caso, ser buena estudiante-, ser reconocido por tus pares, y todos esos etecés que vienen de la mano con la adultez. 

Llego tarde, cuando llego, nunca hago la tarea, o la hago a medias y termino pegándome el truco, y no es de floja, o tal vez sí. Pero me cuesta mucho trabajo ser responsable. Siento una mezcla de envidia y asombro de quienes, además de cumplir con sus deberes, tienen algo así como 5 pasatiempos más. Tal vez nací para ser un desastre, o es un sentimiento -no tan- pasajero de los veintitantos. Me siento miscelánea y dispersa en lo más recóndito de mi fuero interno, pero mi consciencia me grita ¡Ya es hora de terminar la carrera!...y tomar decisiones para el futuro. ¿Cómo tomar las riendas de mí vida, si no soy capaz de elegir una temática para un blog? 

Por eso decidí hacerlo sobre mis inquietudes, anécdotas, miedos, y cagástrascagá que suele ocurrir en la vida de un estudiante universitario, que tiene algo así como 23 años, vive solx, tiene d os perros que se portan como el hoyo, e intenta salir ileso del juego de la vitta, ayayay!.Y qué mejor que una rata en una ciudad llena de basura y gatos, donde en las noches los guarenes de alcantarilla sacan sus garras, y ponen a prueba a roedores dispersos, de agua dulce, como yo. 

Espero que a medida que publique, esta hueá se vuelva más entretenida.